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La oferta de El Zurito se mueve entre los platos más sencillos y los más barrocos, pero sus mejores bazas se encuentran en la cocina de siempre.
Los restaurantes crecen con las ciudades. No se trata de que tomen posiciones y ocupen espacios en los nuevos barrios que han ido brotando en estos años de catarsis inmobiliaria, que también sucede, sino de la transformación constante de los negocios, capaces de adaptarse a las nuevas situaciones creadas en cada espacio urbano. El Zurito es un buen ejemplo.
Nacido como cervecería (zurito es el nombre popular que recibe el corto de cerveza en el País Vasco) hace siete u ocho años en un espacio mucho más reducido del actual, empezó a crecer con el tiempo hasta ocupar prácticamente la totalidad de la planta baja de un edificio situado en el cruce de Lope de Vega con la Avenida Europa. Primero unas mesas en un pequeño comedor, luego un nuevo comedor... y así sucesivamente. Hoy se distribuye en tres espacios diferentes: la barra, dedicada a pinchos y raciones, un angosto comedor dedicado al servicio del menú del día, que hace las veces de espacio intermedio, y los comedores donde se administra la carta.
La propuesta funciona y la casa recoge una clientela habitual que ha aprendido a desentrañar los vericuetos de su oferta. La carta, sin embargo, exige una reflexión. Se estructura a través de una curiosa combinación de platos.
De un lado, las propuestas más simples, que suelen ser siempre las mejores. Del otro, una línea de trabajo barroca, recargada y efectista, que parece nacida más para llamar la atención del nuevo rico que para construir una propuesta coherente: las samosas (empanadillas típicas del sur de Asia) rellenas de setas y foie ('por qué no escribirán foie-gras, que es su auténtico nombre?), la falsa popieta de faisán con foie (otra vez), ciruelas y piñones, el solomillo de ciervo con jugo de trufa o el magret de pato con frutas silvestres.
No es lo importante, así que lo dejaremos de lado. Del que vamos a comentar hay platos amables, bien planteados y bien resueltos, que por lo general se ajustan al planteamiento del que ha sido la cocina de siempre.
Cumple el tomate raff con ventresca de atún y cebolleta laminada, sobre la base de un buen tomate (cosa rara de un tiempo a esta parte) y resulta bastante atractiva la tortilla de bacalao, que suele llegar acompañada de una piperrada de pimientos. Platos sencillos y bien resueltos; lo contrario de lo que sucede con los pimientos de padrón con jamón ibérico, que se convierten en una fórmula nacida para ocultar el sabor del jamón. Se retoma el ritmo con platos tan tradicionales como el bacalao al pilpil, la merluza frita (la preparan al gusto del cliente), los callos -buenos callos, si señor-y dos sabrosos estofados: el de rabo de vacuno y el de carrilleras de ternera.
Ignacio Medina
El bacalao
La cocina vasca guarda una especial relación con el bacalao, no por el número de propuestas sino por la fuerza y la calidad de sus preparaciones, que arrancan con el bacalao a la vizcaína, se prolongan con el pil pil y ganan la gloria con una fórmula intermedia: el bacalao club ranero. Con ellas llegan en la carta la tortilla de bacalao, una fórmula Navarra (ajoarrierro) y otra portuguesa (a dourada).
Dirección: Lope de Vega, 2
Código Postal: 28223
Localidad:
Teléfono: 91 352 95 43
Metro: Bélgica
Tipo de Cocina: De Temporada
Especialidad: Callos y rabo de toro
Precio: de 35 a 50 euros
Fumadores: Zonas habilitadas

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